Desde
el discurso, todos reconocemos a los errores como la gran fuente de aprendizajes, sin
embargo, la visión del error como carencia, resabio de la educación clásica, continúa impregnando nuestras prácticas. Esa visión dominante en la escuela tradicional comenzó
a ser cuestionada significativamente con los aportes del constructivismo, sobre todo desde la Didáctica de la Matemática, y cabe destacar que éste es el marco teórico que respalda el
diseño curricular del área de matemática en todas las jurisdicciones de la Argentina.
A
propósito comparto una síntesis del artículo de Graciela de Vita sobre el error constructivo en la clase de matemática:
Para
la educación tradicional, el aprendizaje consiste en establecer y mantener
las asociaciones o vínculos entre los estímulos y las respuestas para «grabarlas»
en la mente y que, entonces, puedan fijarse. ¿Cómo se logra? A través de
una tarea ardua y constante que es el resultado de una secuencia aditiva.
Como explica el profesor e investigador en didáctica de la Matemática José
Villella, «el error —en el marco de estas teorías— indica falta de
atención o de interés, es sinónimo de carencia y merece ser castigado», por
ejemplo, con una marca en rojo en el cuaderno, la disminución de la nota en la
prueba o un «mal» que lo señale claramente. Un ejemplo
de enseñanza conductista en el campo de la matemática es la resolución
algorítmica de un problema o situación en la cual existe una única forma de
responder. Si el resultado no es el correcto, la actividad «está mal resuelta»
Las escuelas
de raíz constructivista representadas por las investigaciones de Piaget, Bruner, Ausubel y,
en el campo específico de las Matemáticas, por Guy Brosseau, consideran
que la enseñanza debe basarse en la producción de estrategias que permitan
comprender conceptos y que el conocimiento no puede transferirse de manera
aislada, de una persona a otra, sino que el
conocimiento conceptual debe ser construido activamente desde la propia
experiencia y relacionado con el conocimiento preexistente. En ese
sentido, el aprendizaje es un proceso personal del que aprende, aunque
necesita un marco social para desarrollarse.
Para las teorías constructivistas, el error es la señal del
grado y del modo de acercamiento al conocimiento que logró el estudiante. El error sistemático, ese que se repite, es
propio del proceso de construcción del conocimiento, y el momento cuando se
produce es el mejor para provocar la reflexión del alumno, corregir la
equivocación y lograr un aprendizaje significativo. El aspecto más visible de
una enseñanza constructivista es la resolución de problemas a través de
distintos caminos.
Por
eso, es importante identificar el origen de los errores que aparecen para poder
intervenir. Algunos errores son meras distracciones que provienen de copiar mal
un número o pasar por alto algún dato de un enunciado. En ese caso, solo será
necesario señalar la distracción. Otros errores, en cambio, ponen en evidencia
una manera provisoria de pensar.
La
profesora Graciela Chemello, aporta algunos ejemplos de este tipo de
errores:
«Por
ejemplo, cuando los chicos dicen, frente al dibujo de un cuadrado, “esta figura
no es un rectángulo”. Esto último no es cierto si se considera que el cuadrado
es un paralelogramo con cuatro ángulos rectos, condición que caracteriza a los
rectángulos. Sin embargo, las primeras clasificaciones que realizan los niños
parten de la idea de que un objeto pertenece a una única clase: si una figura
es un cuadrado, no puede ser un rectángulo».
Ante
este tipo de errores, es necesario que los docentes intentemos comprender cómo
y por qué se produjeron, retomar los conceptos involucrados y cuestionar la
producción de nuestros alumnos a través de ejemplos que contradigan sus ideas. Evitar los errores no acelera el aprendizaje; al tomarlos y
trabajarlos, el proceso se enriquece.
Desde un enfoque constructivista, trabajar el error generar en el aula un clima de confianza en
las propias producciones y un debate abierto en el que se puedan analizar los
procedimientos correctos y los incorrectos.
En
los NAP se establece que la escuela ofrecerá situaciones de enseñanza que promuevan
en los alumnos:
- La confianza en
las propias posibilidades para resolver problemas y formularse
interrogantes.
- La disposición para defender sus propios
puntos de vista, considerar ideas y opiniones de otros, debatirlas y
elaborar conclusiones, aceptando que los errores son propios de todo
proceso de aprendizaje».En
este sentido, la tarea del docente es alentar a los alumnos para que inventen y
utilicen diversos procedimientos. Luego, coordinar que cada alumno explique el
«método» que utilizó para resolver el problema y gestionar la puesta en común
en la que se exponen tanto los procedimientos correctos como los incorrectos.
Según la especialista Claudia Broitman, el docente debe promover «la
comparación de diversas estrategias y el análisis de los errores, y estimular
la invención de nuevas estrategias entre todos los alumnos». «La comparación
entre procedimientos y el análisis acerca de los errores en la resolución de un
problema les permitirá a los niños avanzar en la comprensión de los enunciados
y en las estrategias de resolución»
Es
muy importante instalar en la escuela las condiciones necesarias para que los
niños sientan que los errores y los aciertos surgen en función de los
conocimientos que circulan en la clase, es decir, que pueden ser discutidos y
validados con argumentos y explicaciones. Este modo de trabajar permite «que
los chicos vayan internalizando progresivamente que la Matemática es una
ciencia cuyos resultados y progresos se obtienen como consecuencia necesaria de
la aplicación de ciertas relaciones y del debate entre quienes las plantean, y
no como una práctica de la adivinación o del azar o un saber que no sufre
transformaciones».
En
1994, Meirieu fue aplaudido en la Sorbonne por
declarar con voz fuerte que por él la pedagogía daba y ofrecía el valor para
utilizar una metodología, entendida como un medio para reducir la angustia,
conociendo las causas que originan los errores y la forma de considerar el
error en el aprendizaje en estos últimos años. Esto significa pasar de una concepción negativa a reconocer que los errores son más bien índices para
comprender el proceso de aprendizaje y testimonio para resolver las
dificultades de los estudiantes.
Finalmente, el gran desafío para la didáctica hoy es el tratamiento
metodológico de los errores como materia prima del aprendizaje y desarrollo
didáctico. Para ello, se necesita una mirada abierta del docente ante los errores de
sus estudiantes. Es necesario un contrato pedagógico donde el
trabajo de los errores dé sentido a los aprendizajes y en donde, al mostrar unidad y relación con los saberes deseables para el estudiante, éste convierta al error en parte
medular de su aprendizaje personal.
Esto fue nada más que una breve recopilación sobre el error, tener pretensiones de escribir sobre todo, sería un tremendo error ¡Buena Semana a todos!
MAJO